Es la Soberanía, y es ahora

Por Germán Mangione

Algunos conceptos políticos tienen su momento, como transversalidad o globalización. Otros en cambio tienen vigencia más allá de las coyunturas. Y la diferencia radica en su capacidad para definir los ambientes políticos, las mecánicas de desarrollo de los vínculos entre los diferentes actores de la sociedad, sus relaciones de poder, etc.

El caso del concepto de soberanía se encuadra, según entiende quien escribe, entre los segundos, los de vigencia permanente, pero con la particularidad de que los apologetas de cierta modernidad política superficial han intentado anclarlo en la historia, como un debate del pasado.

«Atrasan 100 años», dice un comentaristas de redes sociales ante el reclamo de soberanía.

Sin embargo, la soberanía, terca y con la prepotencia de su propio peso, resurge en cada debate profundo, en cada discusión política que intenta pensar los destinos sociales más allá del momento, de la coyuntura social o del mero análisis de personajes.

Según estas ideas que quieren imponer la arcaicidad de discutir temas desde un enfoque soberano, el mundo ha cambiado y hoy tal cosa no tiene demasiado sentido pues dicen, no hay ya discusiones sobre los derechos de las naciones y sus pueblos a definir sus destinos y el de sus recursos como la de antaño, sino que en un mundo globalizado e interrelacionado los debates políticos son otros.

Tendríamos que pensar acá, detenernos un poco a consensuar, de qué hablamos cuando hablamos de soberanía, y más específicamente que significa esta idea para pensar una nación.

Y explicado sencilla y coloquialmente la soberanía nacional es sencillamente, ejercer el poder de decisión sobre las políticas a llevar adelante en un país, teniendo el control de los recursos que ese país y su pueblo producen. Decidir, es la palabra clave.

Es cierto, hay que reconocerlo, que durante mucho tiempo los ideólogos de la globalización lograron imponer la idea de que el debate desde la lógica de los intereses nacionales ya no tenía mucho sentido. Sin embargo, la realidad siempre es más potente que las ideas, y se impone implacable en el andar de la historia.

En un par de años, desde el inicio de la pandemia primero y la invasión rusa a Ucrania con la consiguiente crisis inflacionaria mundial de los alimentos, pusieron sobre la mesa, sin eufemismos, la necesidad de contar los porotos propios.

¿Con que recursos contamos para enfrentar y resolver las necesidades que imponen la crisis sanitaria o la crisis alimentaria? ¿Quiénes deciden qué hacemos con lo que tenemos?

ES EL IMPERIALISMO

La llegada del COVID 19, con el cierre de fronteras y la preocupación por el estado de los sistemas sanitarios y de desarrollo sanitario de capa país rompió, a poco de andar, la idea de que el mundo está compuesto por países sin fronteras ni intereses propios, que intercambian libre y justamente lo que cada uno necesita.

Los países centrales concentraron las vacunas y los recursos económicos y brindaron sus avances técnicos a cambio de prebendas económicas en otros ámbitos. El viejo Vladimir Lenin volvió  a asomar su rostro adusto para decir: se los dije.

Como hizo a comienzos de siglo pasado cuando advirtió que esta etapa del capitalismo tenía como esencia el imperialismo. Nada de andar creyendo eso de un club de naciones amigas en igualdad de condiciones. Países imperialistas y países oprimidos, así funciona la cosa desde entonces y cada tanto la realidad nos lo recuerda crudamente.

Los países oprimidos como la Argentina intentaron fortalecer con lo que tuvieran a mano sus sistemas sanitarios y después reordenar un poco su economía para asistir a sus ciudadanos y ciudadanas tras las consecuencias económicas del encierro.

Y ahí reapareció, casi sin que lo llamen, el concepto de soberanía. La disputa por las vacunas puso de manifiesto la necesidad de contar con recursos y desarrollos propios.

¿Quién maneja el sistema científico en el país? ¿Al servicio de qué desarrollos están los miles de científicos y científicas que formamos con dineros públicos? ¿Quién maneja los laboratorios y el sistema de producción de medicamentos?

En el caso de los recursos económicos para enfrentar el freno abrupto de la actividad económica no fue muy distinto al de las vacunas. Quedó en evidencia la necesidad de reformas fiscales que redistribuyan las ganancias concentradas (impuesto a las grandes fortunas) de aquellos que siguieron ganando, e incluso ganaron más que sin que existiera una pandemia, pero también hizo su aparición un debate más profundo: la falta de control del Estado de las palancas clave de la economía cuando su pueblo lo necesita.

Mientras las comunidades del gran Rosario se debatían entre la caída de la actividad y la búsqueda de recursos sanitarios en sistemas totalmente colapsados, en la misma región las grandes agroexportadoras que comercian la producción agraria monopolizada por grandes terratenientes comenzaban a tener números records por encima de los que tuvieron en los últimos 20 años. Los trabajadores que envían al exterior la producción fueron declarados esenciales y siguieron trabajando como si la pandemia no existiese en esas zonas de frontera que son los puertos sobre el Paraná.

De nuevo se imponía la discusión sobre quién maneja nuestra producción y nuestro comercio exterior, ¿Qué poder de definición tiene la argentina sobre eso? ¿Es lícito que la actividad económica que produce 3 de cada 4  dólares que entra al país esté en manos de unos pocos dueños de la tierra y de empresas en su mayoría extranjera para su comercialización? ¿No debe, aunque sea participar el Estado en una porción para poder definir algo?  La esencia del debate sobre la posible estatización de Vicentin, tuvo ese espíritu, y fue posible (por lo menos debatirlo, pero no concretarlo) gracias a las discusiones que abrió una crisis sanitaria y económica inaudita en la modernidad.

ES LA COMIDA

Por eso a muchos nos queda una sensación amarga tras el retroceso del gobierno de Alberto Fernández en la idea de recuperar aunque sea una porción de nuestro comercio exterior para disponer de los recursos necesarios para enfrentar lo que pasó y lo que viene.

Porque lo que viene es aún peor. En la actualidad la inflación y sobre todo el precio de los combustibles y los alimentos también tensiona la misma idea. La de poder decidir.

Mientras en Argentina avanzan las cifras facturación de cosechas record, con precios internacionales inauditos (mayor facturación en 20 años es uno de los títulos más repetidos en todos los últimos recuentos de exportaciones de cada mes del año por los especialistas de la agroindustria), paralelamente crecen las cifras de la pobreza con una inflación galopante que van quitando del plato de cada vez más argentinos y argentinas los alimentos necesarios para no ser pobre o indigente.

Pero esto no es un problema argentino. O por lo menos no lo es exclusivamente. EEUU y Europa enfrentan números inflacionarios, mucho menores que argentina, pero crecientes. Números que llevaron al diario inglés The Economist a titular “La catástrofe alimentaria que se avecina” y al gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, quien advirtió sobre aumentos “apocalípticos” de los precios de los alimentos a nivel mundial y reconoció que está “indefenso” ante el aumento de la inflación a medida que la economía del país se ve golpeada por la guerra en Ucrania.

Según refleja una encuesta entre más de 2.000 británicos, una de cada cuatro personas se salta las comidas por las preocupaciones sobre el aumento del costo de vida. Otras piden dinero prestado o han dejado salidas para llegar a fin de mes. Un gran número de personas también han apagado la calefacción para reducir las facturas de energía.

La invasión rusa a Ucrania, que por un lado también noqueó a la idea de que las naciones no defienden sus propios intereses a como dé lugar, incluso con una invasión al mejor estilo del siglo pasado, por otro lado esta tensionando la economía mundial aumentando los dos recursos claves para la sobrevivencia humana: la comida y la energía.

ES AHORA

La soberanía es un concepto vigente y necesario para pensar el futuro. No solo para pensarlo, sino que va demostrando la urgencia de hacerlo. Es ahora. Y es ahora, porque ante la magnitud de los sufrimientos que este mundo nos promete, y en el lugar que nos tienen reservado como ciudadanos de un país oprimido, puede ser ahora o nunca.

Por eso surgen a lo largo y ancho del país movimientos en defensa de lo nuestro, en defensa del Paraná para que no vuelva a ser entregado a manos extranjeras como los últimos 25 años beneficiando a unos pocos monopolios y quitándoles ese recurso a los y las argentinos y argentinas. O la pelea por el litio y su producción nacional, por el ambiente y su defensa contra los que lo destruyen en beneficio propio como en el tema petróleo en Mar del Plata o en la quema de los Humedales del delta del Paraná.

Por eso miles se movilizan en cada plaza y en cada ciudad del país para rechazar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. ¿Existe alguna perdida mayor de soberanía para una nación que tener que acordar con un organismo financiero internacional dirigido por las grandes potencias cada acción a llevar adelante y cada decisión política importante a tomar sobre el rumbo del país? ¿Qué puede ser mayor muestra de pérdida de soberanía que tener que privilegiar al pago de una deuda cuyo origen beneficio solo a unos pocos, en vez de utilizar esos recursos para el desarrollo y para cubrir las necesidades de las mayorías? La memoria colectiva no es zonza y tiene fresco que ningún proyecto soberano es posible con el gendarme del mundo sentado en la vereda de casa decidiendo por nosotros y nosotras.

Resurge en este marco la necesidad de tomar decisiones propias que a lo largo de nuestra historia han demostrado acercarnos algunos pasos hacia un proyecto de felicidad colectiva. Recomponer la industria nacional para fabricar nuestras cosas, para recuperar el tejido social pedido que nos contenga, pero sobre todo para recuperar el trabajo en manos propias hoy entregado a las grandes potencias a las que les compramos como hace 100 años las manufacturas mientras nos “especializamos” en extraer materias primas.

Pero para eso hace falta….si, soberanía. La pelea por la soberanía como guía rectora no solo no es un debate del pasado, sino que se transforma en el debate indispensable para orientar y alcanzar un futuro promisorio.

Poder definir hacia donde van las rentas y la producción que realizamos, para que plan, para que camino, para que rumbo orientamos este barco en el que estamos, es la pieza basal de cualquier sueño de país que incluya a las mayorías. Y ya no alcanza con discutir como distribuimos lo poco que nos dejan discutir.

Es necesario tener soberanía sobre como protegemos el mercado interno, como impulsamos una política orientada a la industrialización que permita recuperar los puestos de trabajo perdidos, y como al fin y al cabo, decidimos sobre nuestro futuro y dejan de decidir los mismos de siempre.

Y es por eso que además el concepto de soberanía tiene una potencia que muchos otros conceptos que tanto queremos, como justicia o libertad, han perdido en manos de la usurpación de las minorías y sus propuestas políticas que las utilizan para sus propios fines. Porque la soberanía implica todo esto que venimos diciendo y, por tanto, les es muy costoso el proceso de vaciamiento de sentido para su apropiación.

Es con soberanía, y es ahora.

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