Argentina y China, 50 años de una relación asimétrica.

Foto de portada: https://nuso.org/articulo/argentina-y-china-los-actores-del-comercio-sojero-y-el-flujo-migratorio/

Por Germán Mangione

Cuando el imperialismo no recurre a la guerra, sino a medios relativamente moderados, medios políticos, económicos y culturales, para llevar adelante su opresión, la clase dominante del país semicolonial en cuestión capitula ante el imperialismo y forma con él una alianza para oprimir conjuntamente a las masas populares.

Mao Tse Tung, SOBRE LA CONTRADICCIÓN. Agosto de 1937

Febrero de 2022 será un mes en que las relaciones entre Argentina y China vuelvan a estar en boca de todos y todas, más allá de los círculos de poder y los claustros de estudio de las relaciones internacionales. Es que el 19 de febrero se cumplirán 50 años dela normalización de las relaciones diplomáticas y el reconocimiento de la República Popular China por parte de Argentina. Pero además se anuncia que el presidente Alberto Fernández viajará a Pekín  a concretar una serie de acuerdo con impulso de larga data y muy esperado por los inversionistas chinos y los sectores locales que ven en el gigante asiático un pulmotor ante la presión financiera de las potencias occidentales.

Sin embargo, estos nuevos acuerdos vuelven a poner sobre la mesa cuales son los beneficios de la relación para cada nación y si se ajusta a la realidad la caracterización de relación “sur-sur” o “win-win” que pregonan desde los centros de poder chino y repiten (muchas veces acríticamente) los estudiosos locales del tema.

En un mundo multipolar en el cual Estados Unidos sigue siendo la superpotencia militar, económica, política y financiera más agresiva, y con mayor peso en el mundo y en nuestra región, otras potencias disputan activamente su influencia.

En esa disputa China aparece como la potencia emergente de mayor crecimiento económico en los últimos años, que ha penetrado profundamente en África y América Latina.

Para afrontar esa disputa las potencias se asocian a los sectores de terratenientes y del empresario local que tiene sus negocios atados a las potencias extranjeras, y que funcionan de polea de tracción del saqueo y la dominación extranjera. Es por eso que cualquier análisis del movimiento de los capitales e inversiones chinas en el país debe estar enmarcado en la disputa de este naciente imperialismo con los que históricamente han dominado nuestro país.

La disputa por el control del mundo que China lleva adelante con Estados Unidos, enmascarada en una “guerra comercial” (pero que es mucho más profunda que un problema de compras y ventas) pesa enormemente sobre todas las acciones políticas y económicas que la potencia oriental lleva adelante en nuestra patria y en la región.

Sin esa perspectiva es imposible concebir algunas “concesiones” o manifestaciones del “soft power” chino en las relaciones de los últimos 20 años con Argentina y con todas las naciones oprimidas del mundo.

En algunos sectores, como el de los bienes intermedios (maquinarias y herramientas), es notable como China ha logrado desplazar a Estados Unidos como principal proveedor de la Argentina. Sectores estratégicos como la exploración espacial o los puertos agroexportadores son otros de los espacios que la RPCH se ha abierto camino en el pasado reciente.

Sin embargo, por envergadura e historia sigue siendo EEUU quien pesa decisivamente en el control de los resortes claves de la política y la economía argentina, así como en el mundo. Predomina cuantitativa y cualitativamente todavía en el país y posee una larga historia de relaciones e intereses en Argentina, lo que condiciona el avance chino.

El reciente acuerdo de Argentina con el Fondo Monetario Internacional, con el control decisivo de EEUU, que incluye revisiones trimestrales de la economía (y la política) del país es un claro ejemplo de estos condicionamientos que llevan décadas de desarrollo.

50 años de historia (asimétrica)

Desde el comienzo de la relación bilateral el aspecto comercial fue el hilo conductor de una relación que débil al comienzo, fue fortaleciendo un vínculo que se intensificó hasta hacerse central para nuestro país en los últimos 20 años.

El crecimiento de esos vínculos a través del tiempo impone una reflexión sobre el lugar que cada una fue ocupando en relación a los beneficios y necesidades que se fueron priorizando.

Como explica el investigador Eduardo Oviedo en su trabajo “Historia de las relaciones internacionales entre Argentina y China, 1945-2010” la relación entre ambos países pasó  “de una relación favorable a la Argentina respecto de la RPCH (y más aún de la República de China), a una situación de equilibrio en las décadas siguientes, donde el esquema de la “cooperación Sur-Sur” describió con acierto la relación de poder en gran parte del tiempo histórico. Pero la modernización de la RPCH condujo al incremento de sus capacidades de poder y revirtió la situación asimétrica, para mutar hacia el esquema de poder entre una gran potencia (China) y un país en desarrollo (Argentina), es decir, el “modelo Norte-Sur”.

Habría que agregar que paralelamente a la “modernización” en el campo técnico y económico,  la expansión china hacia la categoría de superpotencia, se dio la transformación política que significo la restauración capitalista tras la muerte de Mao Tse Tung y la llegada al poder de los sectores revisionistas y pro capitalistas del Partido Comunista Chino de la mano de Den Xiao Ping, en un recorrido que fue profundizando ese camino hasta nuestros días donde Xi Jimping es el máximo exponente de esa política de dos facetas, “comunista” en los papeles, capitalista en los hechos.

Sin cambiar de nombre ni de color aparente, impulsaron las reformas que transformaron a China en una nueva potencia mundial con su respectiva política imperialista hacía los países con los que estrechó relaciones con el objetivo de aprovisionarse de las materias primas necesarias para sostener su crecimiento.

Esta cuestión lejos de ser anecdótica o accesoria es central a la hora de pensar las asimetrías en las relaciones que la RPCH construyó desde su lugar de imperialismo en ascenso a partir de la década del 80, con países oprimidos como los de los continentes africano y latinoamericano, principales destinatarios de los esfuerzos por desarrollar un comercio fluido apuntado a la captación de materia prima indispensable para el desarrollo chino y de nuevos mercados para mercaderías e inversiones.  Relaciones internacionales diametralmente opuestas a las preconizadas y llevadas adelante durante la etapa socialista.

En la forma en que China se relaciona internacionalmente advertimos varios de los rasgos con los que Lenin caracterizo a la actual fase del capitalismo, el imperialismo:

  • 1) la concentración de la producción y del capital llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo que ha creado los monopolios,  que desempeñan un papel decisivo en la vida económica;
  • 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este “capital financiero”, de la oligarquía financiera;
  • 3) la exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particular;
  • 4) la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y
  • 5) la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes.

Salir afuera

En el año 2002, luego de una etapa en la que se privilegió y fomentó el consumo interno y el desarrollo industrial (a base de la superexplotaciones de millones de trabajadores para la producción de mercancías baratas), China lanza su estrategia de “Go Out” (salir afuera) dando impulso a la creación de gigantescos monopolios globales en todas las áreas de interés chino (alimentos, químicas, financieros, mineros, energía, transporte, etc)

A partir de esta nueva etapa de desarrollo capitalista chino la exportación de mercaderías fue cediendo lugar a la exportación de grandes masas de capital, con la creación de gigantescas corporaciones financieras, que a diferencia de los de las potencias occidentales, son estatales o controlados por el Estado Chino.

América Latina ha sido una gran receptora de los capitales financieros chinos, utilizados además para solventar en nuestros países la infraestructura necesaria para satisfacer la demanda china, y Argentina no ha sido la excepción.

En las últimas décadas, China ha exportado cantidades récord de capital al resto del mundo. Antes de 2005 casi no se registran prestamos chinos a América Latina, pero desde allí en adelante el Banco de Desarrollo de China (CDB), el Banco de Exportaciones e Importaciones de China (EIBC) y algunos otros otorgaron más de US$1,6 billones. Esta cifra equivale al 2% por ciento del PIB mundial y supera ampliamente los créditos brindados por el Banco Mundial y el BID (Banco Interamericano de desarrollo) históricos prestamistas de la región vinculados a las potencias occidentales.

Gallagher, Kevin P. y Margaret Myers (2021) «China-Latin America Finance Database», Washington: Inter-American Dialogue.‎

China disputa los mercados y ha perfeccionado sus políticas de préstamos y compra de deuda para interferir en los distintos territorios. Los préstamos y las inversiones están atados en la mayoría de los casos a la compra de insumos industriales chinos (caso Belgrano Cargas donde además de las locomotoras y vagones Argentina compró hasta los rieles y durmientes en China), o a condiciones de nuevas inversiones con “prestamos cruzados”.

Un buen ejemplo de la influencia política de esto se dio durante el gobierno de Mauricio Macri, quien si bien en un comienzo orientó su política hacia la alianzas con otras potencias, terminó acudiendo a pedir financiamiento al gigante chino ante la restricción externa, previa al préstamo del FMI que hoy condiciona a la Argentina.

En esa oportunidad y en el marco de la disputa con el kirchnerismo y sus grupos empresario afines, Macri viajó a China. En aquel momento el ex presidente tenía una política de enfriamiento del desarrollo de la construcción de las represas de Santa Cruz, llevadas adelante por el grupo Electroingeniería (afín al kirchnerismo) en sociedad con la China Ghezhouba. Pero al llegar a China las autoridades orientales fueron claras: si no se reactivaba la obra de gran interés para el estado chino no solo no habría nuevo financiamiento sino que se detendría el del Belgrano Cargas ya que los préstamos para ambas obras estaban “cruzados” y dependían uno del otro.

A su regreso al país y tras algunas audiencias formales para escuchar los argumentos ambientales que se oponen al desarrollo de la obra el gobierno volvió a darle impulso.

La historia que vuelve

Para una parte de la gran burguesía local que se desarrolla mirando hacia afuera y atenta a los intereses de las grandes potencias, el acercamiento con China representa una gran oportunidad de negocios, pero repitiendo el histórico patrón de dependencia que ha sumido al país en un crecimiento deformado que no termina de ser.

Como explicitaba con gran entusiasmo hace unos años el canciller de Néstor Kirchner, Rafael Bielsa, las inversiones  chinas son “algo parecido a lo que Gran Bretaña implementó en la Argentina a fines de siglo XIX y comienzos del XX con los ferrocarriles y los frigoríficos”

Algo similar repetiría unos años después el ex embajador Eduardo Sadous, miembro Consejero Argentino para las Relaciones Internacionales y director del Comité de Asuntos asiáticos desde 2011: “Tenemos que pensar en China como nuestra Gran Bretaña del siglo XXI”.

Sin embargo, esta política de acercamiento a países como el nuestro, que durante la pandemia incluyo ayuda sanitaria en lo que se denominó la “política de las mascarillas”, no entusiasma solo a aquellos sectores económicos que ven buenos negocios y un lugar que hoy otras potencias les vedan o disputan localmente, sino que también sectores políticos progresistas y de izquierda ponen la mirada en la potencia asiática como posible contrapeso político a la histórica influencia estadounidense en la región.

A la caza de materias primas para su desarrollo y mercado para su producción

Otra característica de la relación de China con el mundo periférico o “del sur” es el sostenimiento de la inundación de mercancías, lo que refuerza además la división internacional del trabajo, impidiendo el desarrollo soberano de los países dependientes y deformando nuestras economías.

Habría que agregar que no solo provoca el cierre o impide el desarrollo de ramas enteras de la producción por la llegada de sus mercancías sino que la superexplotación de los trabajadores chinos condiciona las relaciones de trabajo de los obreros en el resto de los países, al avanzar las políticas de flexibilización laboral, como una “necesidad” de las burguesías dominantes de compensar la gigantesca tasa de ganancia que obtenían en China.

El repaso de algunos casos concretos de inversiones y relaciones comerciales chinas en el país ayuda a desentrañar como, más allá de los discursos que ubican el ida y vuelta comercial en el marco de las relaciones sur-sur, se va construyendo un vínculo a medida de las necesidades chinas y truncando la posibilidad de un verdadero desarrollo soberano e independiente de nuestro país en áreas claves como la industria, los bienes intermedios o la infraestructura.

En la mayoría de los documentos oficiales chinos sobre las relaciones con América Latina, como los Documentos Blancos emitidos en 2008 y 2016, se impone la idea de una política exterior orientada al beneficio mutuo (o win-win), a la cooperación sur-sur y a una complementariedad armoniosa, ideas que por otro lado son muchas veces absorbidas acríticamente como verdades indiscutibles por los interlocutores locales.

Sin embargo y entendiendo que, como el resto de los estados, China parte de sus necesidades a la hora de entablar relaciones con otros países, es muy importante poder analizar las relaciones reales, en casos de intercambios reales entre nuestros países y el gigante asiático.

Casos que, por otro lado, no se encuentran en el ámbito de las proyecciones, sino que llevan ya varias décadas de desarrollo permitiéndonos hacer algunos balances parciales de sus resultados acercándonos bastante a la esencia de esas relaciones.

Relación que tiene al comprador como el actor más poderoso y que a medida que avanza y se concentra como tal ejerce más poder comercial y político. Como corroboró al inicio de su relación el gobierno de Néstor Kirchner cuando intento cuestionar el dumping (cuando un producto se exporta a un precio inferior al que se vende en el mercado interno del país de origen, en el caso de China la mejora de los precios se da a través de subsidios estatales) a algunos productos que ingresaban a la argentina provenientes desde la RPCH y a cambio recibió “el apriete chino” en forma de devolución de dos buques con aceite de soja argentinos con alguna excusa sanitaria. No se volvió a hablar del tema”

Desde que  en 2004 Argentina firmó el acuerdo de “Alianza Estratégica” con China, elevado a “Alianza Estratégica Integral” en 2014 cuando el presidente chino Xi Jinping visitó oficialmente Buenos Aires, las inversiones asiáticas crecieron remachando la dependencia y el modelo productivo actual.

China se consolidó en los últimos años como principal socio comercial de la Argentina, representando 11,3 por ciento de las exportaciones y 21,9 por ciento de las importaciones totales del país (julio 2020) según informó el Instituto de Estrategia Internacional (IEI) de la Cámara de Exportadores de la República Argentina (CERA).

El gigante asiático va desplazando incluso a Brasil, principal socio comercial histórico de Argentina, impulsando la competencia intramercosur.

La estatal china COFCO fue creciendo como un jugador en la exportación de cereales y oleagionas hasta transformarse en el mayor exportador en el país de granos de soja, desplazando a la estodunidense Cargill quien históricamente encabezaba el podio. En el camino adquirió la infraestructura necesaria con el puerto de Noble y la compra de Nidera.

Con esta última compra de la empresa holandesa accedió a toda la cadenas de producción (semillas, investigación biotecnológica, agroquímicos, etc) desarrollada hace años en el país. Y con la compra de Syngenta, también con presencia en el país, por parte del gigante estatal ChemChina se aseguró el primer lugar en el mundo de la producción de agroquímicos.

El circulo completo de toda la cadena de producción que se complementa con las inversiones en infraestructura (Belgrano Cargas, Hidrovia, Paso Bioceanico) que intentan abaratar la salida de la producción hacia China.

Pero Argentina y nuestra hidrovia no solo es una puerta de salida para las materias primas rumbo a China sino que como explica Luciano Orellano en su libro “Argentina Sangra por las Barrancas del Río Paraná” también es un “embudo inverso” por donde nos inundan de mercaderías que hechas en las fábricas chinas no son otra cosa que horas de trabajo que no se realizan en Argentina.

Presentación de PowerPoint (inversionycomercio.org.ar)

Las importaciones argentinas de bienes de la República Popular China han aumentado rápidamente, desde poco más de U$S 1.000 millones, a principios de la década pasada, hasta un promedio anual de U$S 10.000 millones en 2011-2012, siendo desde el 2011 el segundo principal origen de las importaciones de nuestro país. El 83,2% son importaciones de bienes de capital y sus piezas y accesorios y bienes intermedios.

Entre los productos más importados desde China se encuentran automóviles, maquinaria pesada y ligera, motores, piezas electrónicas, indumentaria, calzado, productos de computación e informática, partes eléctricas y juguetes; recientemente, debido a la pandemia, aumentó la demanda de accesorios médicos como tapabocas, guantes de látex, entre otros. El total es un aproximado de 5000 productos.

En contrapartida desde Argentina se exportan alrededor de 500 tipos de productos, comenzando por la soja en diferentes presentaciones. Solo los porotos de soja representan un 66% de las exportaciones del país, le sigue el aceite de soja, y en tercer lugar la carne bovina.

El resultado de este intercambio es una balanza comercial que es deficitaria para Argentina desde 2008 y un reforzamiento del lugar de proveedor agrícola para nuestro país que traba el desarrollo en otras áreas como la industria.

Los socios locales

El rol que las grandes potencias imperiales (entre ellas China) asignan históricamente a nuestro país como proveedor de materia prima principalmente agrícola, pero también energética y minera, ha permitido que la relación sobrepase los aspectos partidarios y sectoriales para transformarse en una “política de Estado” impulsada principalmente por los sectores terratenientes y del empresariado local beneficiado por la misma, y llevada a cabo por las más diversas dirigencias políticas de extracciones a veces “opuestas” como es el caso del kirchnerismo y el macrismo. 

Estos sectores encuentran un punto central de coincidencia en impulsar la adaptación de la economía Argentina a la complementación con las necesidades de China. Esto también explica la buena sintonía de los sectores de la gran propiedad de la tierra y de las burguesías exportadoras con el acercamiento a la potencia asiática.

Las instituciones que las representan como la Bolsa de Comercio de Rosario o el Concejo Agroindustrial Argentino son encargados de fomentar y estrechar esas relaciones, sin dejar de impulsar las históricas relaciones de dependencia con potencias como EEUU.

Gustavo Idigoras, representante de las agroexportadoras y uno de los voceros del CAA expresaba hace un tiempo que “es necesario tejer alianza con China, se sabe que no es fácil venderles. Una negociación puede demorarse 5 años, porque las normas son cambiantes y no hay tanta previsibilidad, con lo cual los beneficios son a largo plazo. Vale la pena el esfuerzo de transitar ese camino para tener socios estratégicos en China. Actualmente, las relaciones económico políticas bilaterales entre ambos países, si bien a nivel industrial no son buenas, a nivel agrícola son espectaculares, con gran cantidad de misiones comerciales agroindustriales recíprocas entre ambos países que quintuplican las misiones de Europa y Estados Unidos que han llegado al país en los últimos años”  Argentina y China, una alianza natural – (uba.ar)

Fue la Bolsa de Comercio de Rosario (donde anualmente se realiza el China Day para fomentar la relación) allá por marzo del 2019 la anfitriona del viceprimer ministro de China Hu Chunhua quien mantuvo allí un encuentro con el secretario de Agroindustria del macrismo Luis Miguel Etchevehere, el gobernador Miguel Lifschitz y autoridades de la Bolsa donde se anticipó el creciente interés de una empresa asiática que presentarse a la licitación en 2021 del dragado y balizamiento de la hidrovía Paraná-Paraguay, una de las discusiones centrales de la soberanía por estos días.

El rastro de las continuidades, o de la alianza con China como “política de estado” puede encontrarse en políticas públicas vinculadas a los sectores exportadores, como el desarrollo de la infraestructura ferroviaria al servicio de la agro exportación con el Belgrano Cargas o los proyectos de pasos bioceánicos para abaratar los fletes con una salida por el pacífico, en el impulso al desarrollo de la sojización a cualquier costo para abastecer la necesidad China o en inversiones (que más allá de la discusión de que grupo local de burguesía intermediaria fuese el más beneficiado) continuaron en todos los gobiernos, como el caso de las represas de Santa Cruz.

Y en Santa Fe se mantuvieron después con la salida de Miguel Liftchitz y el cambio de signo del gobierno provincial. Algo que era de esperarse con la asunción del actual gobernador Omar Perotti, quien durante su gestión como diputado nacional tuvo la presidencia del Grupo Parlamentario de Amistad con la República Popular China

¿alianza para el desarrollo o salvavidas de plomo?

El otro lado de la supuesta complementariedad, o relación sur-sur, pregonada por las fuentes oficiales chinas y repetida por obnubilados referentes sociales y políticos locales de las más variadas procedencias ideológicas, ha sido el avance de  las grandes empresas estatales y privadas chinas, que en mayor o menor medida han tomado posesión de algunas de las palancas claves de nuestra economía y han avanzado en su influencia en los círculos de poder y decisión política local, influyendo directamente sobre la orientación del modelo productivo local y las definiciones de políticas públicas. Dejando a Argentina en el lugar de lo que de define comúnmente como un país dependiente.

En estos días con el viaje del presidente Alberto Fernández a China, y la posible firma por parte de nuestro país del mega plan mundial de obras de infraestructura y transporte impulsado por China bajo el nombre de “La Ruta de la Seda”, seguramente se reabrirá el debate sobre qué tipo de relación tenemos con la potencia mundial y quizás (ojalá) también comience a discutirse qué tipo de relación necesitamos y queremos para que nuestro país pueda desarrollarse autónomamente.

Más allá de los discursos y las formas, es fundamental poder analizar en concreto las relaciones comerciales y políticas que  en los últimos 50 años han desarrollado ambas naciones, para poder pensar en el futuro.

La reprimarización de las exportaciones, la degradación ambiental relacionada con el sector extractivo, la competencia intraindustrial con productos manufacturados importados, la competencia entre los precios para el mercado interno y la exportación que impulsan la inflación (caso de la carne), se presentan como las consecuencias de un vínculo que reedita viejas relaciones de dependencia que América ya conoce y ha sufrido a lo largo de su historia.

La vieja relación norte-sur parece querer reeditarse bajo el signo de oriente-occidente. La reedición de lo que Horacio Ciafardini denominaba “complementariedad subordinada”, que no es otra cosa que la relación económica entre naciones basada en la super especialización productiva de los países dependientes en bienes primarios y la de los países desarrollados en bienes industriales.

Algo que los socios locales del saqueo justifican bajo la idea de las “ventajas comparativas” de nuestro país para este tipo de rol, enfoque utilizado también para la alianza histórica con otras potencias como Inglaterra y que oculta la traba y el atraso que implica en lo concreto para nuestro desarrollo pleno como nación independiente.

A esto habría que agregarle que paralelamente a la profundización de estas relaciones y el rol que nos asignan como proveedor de materia primas China impulsa internamente una política que dependa cada vez menos del mercado externo, por razones principalmente geopolíticas (Estados Unidos es hoy uno de sus principales proveedores), lo que hace tambalear a la economía Argentina atada a la especialización agrícola.

El ministro de Agricultura chino, Tang Renjian, anunció este mes que subirá 40% su producción mundial de soja en los próximos cuatro años, pasando de los 16,4 millones a los 23 millones en 2025, con el fin de lograr la autosuficiencia en materia de granos.

A la luz de los hechos, y analizando el desarrollo de las relaciones entre ambas naciones en estos 50 años (pero sobre todo en los últimos 20), es muy difícil pensar que no es la misma dependencia que Argentina sufre con las potencias que históricamente oprimen el país como Inglaterra o Estados Unidos, pero con nuevo socio y mejores modales.

*Editor de Lanzallamas y director del Observatorio de Actividad de los Capitales Chinos en Argentina y América Latina.

Todos los caminos (y la ruta de la seda) conducen a China

Por Germán Mangione*

La nueva Ruta de la Seda es la iniciativa económica más importante de China desde que inició su política de “salir afuera” en la década pasada. El proyecto promete grandes inversiones que generan expectativas en países en desarrollo y alerta a EE UU y otras potencias sobre el impacto geopolítico de la propuesta. “One Belt, One Road” (La Franja y la Ruta) se extiende por el mundo hasta llegar a América Latina. En Argentina, referentes políticos de diferentes sectores expresaron su intención de que nuestro país forme parte de la iniciativa. ¿Qué puede implicar para nuestro país?

La vieja ruta que no para de volver

La ruta de la seda es tan vieja como el comercio.  Desde hace cientos de años China abre caminos para salir de su aislamiento en busca de nuevos mercados para sus productos. Al encontrarse geográficamente aislada de las civilizaciones de Occidente por grandes cadenas montañosas y extensos desiertos, los comerciantes se vieron obligados a abrirse paso entre los accidentes geográficos para poder comerciar.

Las dinastías Shang  (1600 – 1046 a. C.),  Zhou  (1046 a. C. y 256 a. C) y Han (206 a. C. hasta el 220 d. C.) de China dominaron la producción de varios tipos de productos que eran importantes y únicos, como la seda, la porcelana y el papel, muy apreciados en Occidente. Se fue desarrollando la “Ruta de la seda” para satisfacer esa necesidad comercial. La de oriente para colocar sus productos, la de occidente para conseguir lo que sólo China podía brindar.

Casi 3500 años después la historia se repite, con otros escenarios pero con similares motivaciones. China tiene algo que occidente necesita, inversión directa y fondos frescos para infraestructura. Por otra parte, occidente representa un doble interés para el Estado chino: nuevos mercados para una potencia industrial en expansión y a su vez la fuente de aprovisionamiento de materias primas necesarias para dar sustento a ese proceso de crecimiento.

Para eso en 2013 anunció el lanzamiento del plan “Una franja, una ruta”. Un plan de inversión en infraestructura, para constituir una ruta terrestre y una marítima que mejoren la conexión de la potencia asiática con sus mercados. La iniciativa es la continuidad de los planes chinos de “salir afuera” lanzados a comienzos del 2000, mediante el cual la potencia asiática daba comienzo a la internacionalización de su economía.

Sin embargo, la expansión china, principalmente en Europa, había ya comenzado unos años antes. La crisis del 2008 fue la oportunidad para que el gigante asiático saliera, billetera en mano, a comprar empresas vinculadas a puertos, ferrocarriles y energía en el viejo continente.

Según la consultora estadounidense RWR Advisor, desde que la iniciativa empezó en 2013 China ha prestado US$461.000 millones a naciones participantes para poner en marcha el plan de La Franja y la Ruta -“One Belt, One Road” (OBOR) de Xi Jinping. Dentro de la infraestructura proyectada, se destacan dos centenares de centrales eléctricas, obras de tendido ferroviario, rutas, puentes y gasoductos entre otras inversiones distribuidas en los cinco continentes que hoy ya integran la iniciativa china.

Como quedó plasmado esta semana en el Quinto Pleno del XIX Comité Central del Partido Comunista de China (PCCh), donde se adoptaron las propuestas del Comité Central del PCCh para la formulación del XIV Plan Quinquenal (2021-2025) y Objetivos 2035, todo converge en el objetivo de que China alcance para 2035 lo que se ha definido como el socialismo moderno.

Para eso se orienta a lograr «grandes saltos en la fortaleza económica, la destreza tecnológica, así como la fuerza nacional en general”. La producción económica total y los ingresos urbanos y rurales deberán alcanzar un «nuevo nivel», y deberán lograrse “grandes avances en las tecnologías básicas».

América Latina está en la ruta

Con la publicación del Libro Blanco en 2008 China dejaba claras sus intenciones de profundizar las relaciones comerciales con América Latina. Las necesidades de Infraestructura de nuestro subcontinente y su capacidad de producción primaria forman el combo perfecto para el desembarco de los intereses chinos. Esto provocó un aluvión de inversiones chinas de tal magnitud, que América Latina ya es el segundo destino –sólo superado por Asia- que persiguen los capitales chinos en el extranjero. Hasta el presente las empresas chinas que se han interesado en la región, superan las 2.500.

Para China, «los países de América Latina y el Caribe forman parte de la extensión natural de la Ruta de la Seda Marítima y son participantes indispensables de la cooperación internacional de la Franja y la Ruta».  Así quedó reflejado en la declaración final de la segunda reunión ministerial del Foro que reunió al gigante asiático y a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en Santiago de Chile en enero pasado 2018

El presidente Xi Jinping ya había planteado en 2014 un esquema de cooperación bajo el concepto «1+3+6», un único plan de cooperación con América Latina y el Caribe para el período 2015-2019; tres motores de esa relación: el comercio, la inversión y las finanzas; y seis en áreas estratégicas: energía y recursos, infraestructura, cultura, industria manufacturera, innovación científica y tecnológica, y tecnología informática.

Sin embargo, no todos ven tan natural, y sobre todo tan provechosa, la llegada de la iniciativa que profundiza el camino iniciado hace dos décadas por China en el continente. En principio cabe destacar que la participación de América Latina en el proyecto nace de las necesidades y objetivos estratégicos de China, y no de los objetivos políticos o económicos de nuestro subcontinente. A partir de esa necesidad, nacida de la planificación de la dirigencia china, es que las clases dominantes de nuestros países fomentan la alianza con oriente para beneficio de esas minorías nativas.

¿Argentina firme o firma?

En la actualidad 19 países latinoamericanos y caribeños ya han adherido a la iniciativa china, pero no las economías más importantes como Brasil, México, Argentina y Colombia. Sin embargo, Argentina va dando pasos en ese sentido y en las últimas semanas se convirtió en “miembro prospectivo” del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII), el soporte financiero de la “nueva ruta de la seda”.

Argentina y China tienen una asociación estratégica desde 2004, que se ha elevado a nivel de estratégica e integral desde 2014,  y firmó en 2015 el Plan de Acción Conjunta que fue renovado en 2018 para el periodo 2019 – 2023. En este período el intercambio con China no ha cesado de crecer. Pasó de 3.300 millones de dólares en 2003 a 14.300 millones en 2019. En abril la potencia asiática desplazó a Brasil como el mayor socio comercial de nuestro país.

Más allá de los vaivenes políticos argentinos, la relación con China nunca ha cortado lazos desde que comenzó a profundizarse a mediados del 2000. Con idas y vueltas se ha profundizado no solo la relación comercial sino el carácter de la misma. El rol de Argentina como proveedora de materias primas y de China como financista y proveedora de productos industriales se ha mantenido intacto.

Los sectores de la gran propiedad agraria en alianza con las multinacionales que controlan el comercio exterior argentino, centralmente de los productos agroindustriales, han sido el lazo central de la continuidad de la relación binacional. Queda claro, por ejemplo, en el plan que el lobby agroexportador (rebautizado Concejo Agroindustrial Argentino) ha presentado al gobierno como la salida a la crisis económica nacional.

La necesidad de dólares, la promesa de inversiones y de generación de puestos laborales son la carnada que parece haber mordido la dirigencia política argentina, casi sin excepción, a la hora de analizar la posibilidad de que Argentina profundice su relación con China firmando la adhesión de nuestro país a la Ruta de la Seda. En julio pasado, a pedido del gobierno argentino, China renovó uno de los dos lotes del swap de monedas con Argentina, que en conjunto suman US$18.5 millones, y que son parte de las menguadas reservas internacionales en el Banco Central argentino, de unos US$43.3 millones.

Cristina Fernández de Kirchner se encargó de dejar claro que impulsaría la misma orientación de las relaciones internacionales que impuso durante su gobierno. A minutos de asumir la vicepresidencia recibió en su despacho a los representantes de China y de Rusia y desde ese momento tomó al mando de la relación bilateral

La relación con las autoridades del Partido Comunista Chino lo lleva adelante José Luis Gioja, presidente del PJ. El punto más álgido de esa relación se dio en el último seminario virtual entre el Partido Justicialista y el Partido Comunista de China (PCCh), del que participaron desde Buenos Aires más de 100 dirigentes del peronismo y empresarios argentinos y chinos, según informó ese espacio político en un comunicado.

«Taiana anunció que Cristina le manifestó su voluntad de que se avance en la firma de convenios para ser parte de la iniciativa impulsada por el presidente Xi Jinnping y que para China constituye el proyecto del Siglo», se anunció en el comunicado del PJ, y destaca que «la incorporación de Argentina a La Franja y la Ruta abre un abanico de posibilidades de financiamiento para obras de infraestructura y para desarrollos de distintos tipos».

Entre los empresarios que participaron estuvieron Jin Wenmo, gerente General de la Sucursal Argentina de China Gezhouba Group Cooperation, empresa que forma parte de la UTE que construye las centrales hidroeléctricas en la Provincia de Santa Cruz, quien además tiene una fluida relación con la vicepresidenta. También participaron del encuentro Liu Ming, presidente y director Gerente de CRRC América Latina, el mayor proveedor de material ferroviario de Argentina a cargo de la renovación del Belgrano Cargas. Por supuesto que en la pata del empresariado local no podía faltar Gustavo Idígoras, presidente de la Cámara de Industria Aceitera de la República Argentina y principal figura del Concejo Agroindustrial Argentino. 

Francisco Cafiero, secretario de Relaciones Internacionales del ministerio de Defensa y presidente del Centro Latinoamericano de Estudios Políticos y Económicos de China, quien también fue de la partida explicó que “Argentina y China ya son socios estratégicos y el posible ingreso a la plataforma de la Franja y la Ruta sería un paso más para la consolidación de los vínculos de confianza y entendimiento mutuo”, algo que comparte Jorge Taina, quien preside la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, y afirma que «19 países de América Latina firmaron un convenio con China, y creo que tenemos que sumarnos y hacerlo desde una perspectiva de integración regional». Por su parte Sabino Vaca Narvaja, designado por el presidente Alberto Fernández a principios de mayo como segundo en la embajada en China presidida por Luis María Kreckler en Beijig, también ve con buenos ojos la posibilidad de que Argentina se integre a la ruta china ya que según afirma “esto puede estimular la apertura externa de las economías regionales y el crecimiento del comercio intrarregional. Básicamente, a través de la financiación de obras de integración física y logística, el transporte y la conectividad regional. Pongo como ejemplo los corredores bioceánicos, que permitirán que productores de nuestro país tengan una salida directa a los puertos del Pacífico chileno, pudiendo exportar a China reduciendo tiempos y costos logísticos”, asegura.

Sin grietas

No solo el PJ y kirchnerismo ven con buenos ojos la profundización de esta alianza. En mayo de 2017 el entonces Presidente argentino Mauricio Macri, junto con la Presidenta de Chile Michel Bachelet, fueron los únicos mandatarios latinoamericanos invitados a firmar los principios rectores de la iniciativa durante el Foro Internacional de la Nueva Ruta de la Seda.

Macri en aquel momento subrayó que para América Latina la participación en la Ruta de la Seda «es una oportunidad que no queremos dejar pasar, ya que se alinea con los objetivos locales de desarrollo de infraestructura y reducción de pobreza”. «América Latina es la extensión natural de la nueva ruta marítima de la seda del siglo XXI», le dijo Xi a Macri en ese lanzamiento, y lo conquistó.

China Gipfel zur Neuen Seidenstraße (picture-alliance/Photoshot)

El ingreso de Argentina al Banco Asiático de Inversión de Infraestructura (BAII), es otra muestra de la continuidad de la política exterior de alianza con china al pasar de los gobiernos. Acordado por Cristina Kirchner en 2015, Mauricio Macri envió el proyecto de adhesión en 2018, y se aprobó este año en el Senado y Diputados sin rechazos ni oradores. 

«Hay un programa de cooperación alimenticia muy importante de China en África, y a ellos no les sobra comida, importan comida. Nuestro planteo es abastecerse de alimentos a China para cooperar con África y también tecnología agrícola. Hacer lo que se llama cooperación triangular», explicaba el ex embajador argentino en Beijing y actual nuevo director de la empresa Vicentín Diego Guelar, consultado sobre el rol que nuestro país podía ocupar en la iniciativa.

La ruta llegó hace rato

¿Cambiará la relación bilateral o el carácter de las inversiones chinas la firma de la adhesión Argentina a la iniciativa?

Hasta ahora la inversión directa china argentina estuvo concentrada en energía, ferrocarriles, puertosy obras viales. Inversión orientada a mejorar los costos y la infraestructura de su propio aprovisionamiento de materias primas, comprometiendo esa inversión además a la participación de empresas chinas en el negocio y a la compra de insumos industriales chinos. Algo que se propone profundizar con la Ruta de la Seda.

Entre las obras que podrían incluirse y que entusiasman al gobierno está el tercer Túnel Internacional de Agua Negra, una vía de interconexión binacional entre la provincia de San Juan y la región chilena de Coquimbo a través de la cordillera de los Andes. El objetivo es mejorar sensiblemente la integración transfronteriza y agilizar la conectividad del Corredor Bioceánico Central, una vía de comunicación de 2472 kilómetros que une Porto Alegre (Brasil) con Coquimbo (Chile) y atraviesa uno de los principales ejes productivos del continente.

De los diez consorcios internacionales que presentaron propuestas para llevar adelante la obra cuatro son chinos. [2] Como viene sucediendo las inversiones chinas traen consigo empresas e insumos de ese país. Lo mismo sucede con la ampliación del Belgrano Cargas, orientado a mejorar la llegada de los commodities agrícolas a los puertos (con ingresos ferroviarios directos incluidos) para ser embarcados en su mayoría hacia China. La obra incluye la construcción de la playa de maniobras con plataforma giratoria en la localidad de Oliveros y diez kilómetros de vías nuevas que permitieron triplicar el transporte por tren desde el norte argentino a las terminales. Allí también tras los créditos chinos llegaron las maquinas ferroviarias fabricadas en oriente, y hasta los durmientes y rieles vinieron desde el otro lado del mundo.

Otra de la inversiones que se enmarcan en los objetivos de La Ruta tiene que ver con el anuncio, por parte del gobierno argentino, de obras para la restauración del ramal carguero del Ferrocarril San Martín que une Buenos Aires – Mendoza y conecta con los puertos del Gran Rosario, un ambicioso plan que requiere la renovación y puesta a punto de 1.830 kilómetros de vías.

El ministro de Transporte Mario Meoni anunció que está negociando un crédito por la totalidad del monto con la China Railway Construction Corporation (CRCC), una de las cinco empresas líderes a nivel mundial en montaje e infraestructura logística. El plan integral, al igual que en el Belgrano Cargas, consiste en la compra de locomotoras, vagones y la construcción de vías, arreglos y mejoras de trazas antiguas.

Otras obras que se incluyen en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta son el parque fotovoltaico Cauchari, el más grande de su tipo en Sudamérica, ubicado en la provincia de Jujuy, y la reconseción de la Hidrovía Paraguay Paraná. Esta última obra tiene como interesados a la empresa china Shanghai Dredging, una subsidiaria de la China Communications Construction Company (CCCC) del Gobierno chino y tienen también muy preocupado al gobierno de Estados Unidos, por su importancia comercial y geopolítica.

Campo de batalla de la pelea de gigantes

Es que está claro que no son solo objetivos comerciales los que persigue la iniciativa impulsada desde 2013 por la administración de Xi Jinping, y eso es lo que tensa la relación con EEUU.

El desembarco de la iniciativa del gobierno chino en la región viene a disputar la hegemonía que han tenido históricamente EEUU y las instituciones crediticias que operan bajo su paraguas, tanto es así que Washington debió desplegar un plan de inversiones similar que lleva por nombre “América Crece”.

En el plano financiero, por ejemplo, la iniciativa es imposible de despegar de la intención china de internacionalización su moneda, el renminbi, clave en su intención de posicionarse como potencia global. Iniciativa que toma la forma tanto de política crediticia para las inversiones de la ruta como la creación de los swap cambiarios como los acordados con nuestro país.

China provee financiamiento que se paga con la misma producción y es el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (al que Argentina ingresó en las últimas semanas) la clave para financiar los proyectos para la Franja y la Ruta, además de lo que aportan otras entidades crediticias chinas como el ICBC, Exim Bank, el Banco Nacional de Desarrollo y el Bank of China. Todas entidades que hoy financian proyectos en Argentina.

Y si faltaban puntos de tensión en la disputa entre las potencias imperiales del mundo, llega con el desarrollo de la infraestructura el debate de las redes de 5G, el punto de mayor tensión entre EEUU y China, que tiene como uno de sus principales campos de batalla América Latina.

La cancillería a cargo de Felipe Sola, intenta algunas respuestas “multipolares” al debate y el canciller declaró que “No creemos que haya que sentirse obligado a tomar partido” entre EEUU y China, y dijo no saber si “esa pelea” que se da entre “dos colosos” seguirá después de las elecciones presidenciales de noviembre: “Somos espectadores activos”, afirmó.

¿Ganamos o perdemos en la ruta?

Más allá de las hipótesis sobre los posibles efectos de la firma de adhesión de Argentina a la iniciativa de la Ruta de la Seda, esta sellaría una profundización de la relación actual en la que los resultados no han sido beneficiosos para el país.

Más allá de los cantos de sirena que anuncian diversificación productiva y agregadode valor, en lo concreto la relación con China ha estado orientada a profundizar el modelo agroexportador basado en la repimarización de la economía y la explotación de recursos naturales. Remachando el lugar de proveedor de materias primas y mercado de las manufacturas extranjeras que las potencias históricamente asignaron a nuestro país y nuestro continente. Un camino que traba y deforma el desarrollo local, anulando las posibilidades de crecimiento y desarrollo industrial en sectores claves como el de los bienes intermedios, la industria ferroviaria o la industria naval, solo para dar algunos ejemplos.

El ingreso a la ruta y el consiguiente prometido “aluvión de inversiones” en caso de darse (cosa que hoy en medio de un convulsionado y pandémico panorama económico mundial nadie puede asegurar) tendrían que ver con afirmar este rumbo y este tipo de relación que está muy lejos de ser simétrica, complementaria y de “sur-sur” como afirman algunos entusiastas tanto desde el lobby agroexportador como desde las usinas intelectuales del progresismo.

Se debe aprovechar la ventaja relativa de materias primas para que apoyen, acompañen y sirvan de base para establecer acuerdos de cooperación científica, tecnológica y de industrialización en sectores estratégicos que el país identifique para desarrollo futuro. La especialización de una nación debe ir escalando hacia productos que conformen eslabones de mayor valor agregado en cadenas globales de valor, para así alcanzar un upgrading  (mejora) cualitativo”, afirma Francisco Cafiero.

Sin embargo, más allá de las buenas intenciones de los funcionarios, la experiencia argentina muestra que esa no es una vía de desarrollo sostenible que permita el despegue a mediano y largo.

Las inversiones se dirigen principalmente a recursos naturales y responden a las necesidades de abastecimiento del país asiático, una clara apuesta para abaratar los costos logísticos y de transporte de materias primas, energía y minerales.

Lo que va quedando claro es que hace falta mucho más que inversión en infraestructura para la reconversión de la economía hacia una matriz productiva que se aleje de la exportación de materias primas y apueste por el desarrollo industrial.

El presidente Alberto Fernández comenzó a definir la agenda final de su viaje a China que está pendiente desde el momento mismo de la asunción presidencial, el 10 de diciembre de 2019, cuando el presidente chino Xi Jinping envió su saludo al nuevo mandatario.

La fecha estimada para el viaje de Estado a China, que comenzará en Beijing y ya tiene escala programada en Shanghai, centro de negocios de ese país, es marzo cuando se estima que lo permitirá la merma de la pandemia mundial. Una de las hipótesis es que sea el escenario de la firma de la adhesión Argentina a la iniciativa mundial china.

Mientras la pandemia sigue afectando el comercio y la economía mundial, y China tiene la mirada fija en la construcción de lo que denomina el “socialismo moderno”, los países de América Latina se debaten entre la construcción de un camino propio de desarrollo o ceder ante el “soft power” chino que promete lluvias de inversiones a cambio de mantener incólumes las estructuras económicas que nos trajeron hasta este presente lamentable.


[1] https://www.rwradvisory.com/

[2] China Railway Tunnel Group (CRTG), asociado con Benito Roggio e Hijos y la chilena Sigdo Koppers; China Railway Construction Corporation (CRCC), con la local Panedile; Power China, con la Sociedad Argentina de Construcción y Desarrollo Estratégico (SACDE), de Marcelo Mindlin; y China Communications Construction Company (CCCC), con la argentina JCR


*Periodista. Editor en Revista Lanzallamas y en La Brújula. Director del Observatorio de Actividad de los Capitales Chinos en América Latina

La huella ecológica china

Por Andrés Carignano y Germán Mangione*

El debate sobre la instalación de mega granjas chinas en nuestro país puso sobre la mesa el costo ambiental de la inversión extranjera. En esta nota repasamos la “huella ecológica” de la inversión china en América Latina y en particular en Argentina.


Se ha hablado mucho en los últimos meses sobre el impacto ambiental de las inversiones chinas en el sector porcino, un tema que todavía no se ha concretado, pero que reúne los grandes problemas estructurales de la República Argentina: la dependencia al extranjero, la concentración de la producción en pocas manos y una forma de producir poco sustentable ambiental y socialmente.

Sin embargo, el sector porcino no es el único que genera debates sobre los impactos de los negocios Chinos en Argentina y el continente. En América Latina, las inversiones chinas se concentran principalmente en tres sectores: extracción de recursos naturales, obras de infraestructura y exportación de materias primas. Y en tres productos: petróleo, minerales y productos agrícolas. Los proyectos son financiados por bancos privados y estatales del país asiático y son ejecutados por empresas chinas, muchas veces en consorcio con empresas locales.

Con el reciente anuncio de una posible incorporación de Argentina a la Iniciativa de La Franja y La Ruta, vale la pena repasar algunos antecedentes del gigante asiático en nuestra región.

De la semilla al puerto

China es el mercado de alimentos más grande del mundo. Concentra el 22% por ciento de la población mundial y una creciente clase media que cambia sus pautas de consumo.

Para el Gobierno Chino el abastecimiento de alimentos de calidad es un pilar fundamental de su política interna. Pero China tiene problemas para producir todo lo que necesita.

Fuente: Bolsa de Comercio de Rosario

Además del atraso tecnológico de la producción agrícola china, el problema del autoabastecimiento tiene su raíz en el proceso acelerado de industrialización vivido en China en las últimas décadas que se hizo sobre la base del más absoluto desprecio del medio ambiente y los impactos ecológicos de ese desarrollo.

Nuestra región ya representa una tercera parte de los alimentos importados por China. En los 10 años anteriores, las exportaciones agroalimentarias de América Latina y el Caribe hacia China aumentaron a 13 por ciento desde 5.6 por ciento del total, tendencia que se explica principalmente por el aumento de los embarques desde el Cono Sur hacia China.

Según la FAO la agricultura intensiva y su impacto en el uso de la tierra (como la deforestación) son las principales fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero, con cerca del 21% del total mundial. Y las estimaciones proyectan que para 2050 se requerirá un incremento del 50% en la producción de alimentos, piensos y biocombustibles para suplir las necesidades de una población de 9.700 millones de personas

La producción de soja, como principal producto agrícola del mundo, forma parte de un sistema técnico-productivo integrado, que incluye semillas genéticamente modificadas, como la soja Roundup Ready (RR), siembra directa, cosechas mecanizadas, herbicidas (glifosato) y fertilizantes. El famoso “paquete tecnológico” que impulsa al monocultivo y ha implicado inocultables impactos ambientales en toda la región.

Desde los impactos directos a la salud provocados por las fumigaciones y la aplicación de los agroquímicos, hasta la modificación de los ecosistemas naturales que han cedido lugar al avance de la frontera sojera.

En este proceso China no es solo impulsor del monocultivo por ser el principal comprador de lo que produce nuestro subcontinente, sino que también es uno de los principales proveedores de los agroquímicos utilizados para este tipo de cultivo como es el caso del glifosato y el gran inversor en el desarrollo de toda la cadena de producción y exportación primaria.

China salió al mundo a buscar sus fuentes de alimento y el balanceado para sus animales y a su paso impulsó un modelo de agricultura que ha demostrado no ser sostenible ambientalmente. Pero no sólo lo impulsa como comprador sino que participa en todos los negocios de la cadena de suministro, modificaciones genéticas, producción, distribución y comercialización.

Las represas y las inundaciones

En la Patagonia Argentina se encuentra uno de los principales proyectos de obra pública gestados durante el kirchnerismo con un presupuesto de 4.770 millones de dólares. Hablamos de la construcción de represas hidroeléctricas en Santa Cruz, a cargo de un consorcio entre la empresa argentina Electroingeniería y la china Gezhouba Group Corporation. El 85% del financiamiento es realizado por el Estado Chino y bancos privados chinos. Es la inversión extraterritorial más grande de China en el sector hidroeléctrico.

Los cuerpos de agua potencialmente afectados por la obra son el Lago Argentino, los glaciares Perito Moreno, Spegazzini y Upsala y el Parque Nacional Los Glaciares, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Desde el comienzo de la construcción se denunciarongravísimas deficiencias y omisiones técnicas e informativas de Evaluación del Impacto Ambiental”. A su vez realizado por una empresa que no estaba habilitada para hacerlo y cuyo ex Presidente, el Ing. Jorge Marcolini era, al mismo tiempo, funcionario del Ministerio que debía evaluarlo.

La aprobación se dio de manera tan apresurada que imposibilita que organismos técnicos como el Instituto Argentino de Nivología y Glaciología (IANIGLA) y el Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES) tuvieran tiempo suficiente para efectuar un análisis de los impactos ambientales.

Macri insinuó al comienzo de su gobierno que iba a revisar esas adjudicaciones, a las que denominó “un monumento a la corrupción”, con la intención de desplazar al grupo económico Electroingenieria, vinculado al kirchnerismo, por grupos afines. En ese camino recibió a Cristine McDivitt, viuda del empresario fallecido Douglas Tompkins, y a Sofía Heinonen, referente de Conservation Land Trust, una ONG fundada por el norteamericano.

En ese encuentro, Macri les preguntó qué pensaban sobre las represas que se están construyendo sobre el río Santa Cruz y, luego de que ambas mujeres manifestaran su oposición, el Presidente supuestamente declaró: “Hicimos un estudio y vimos que las represas están en el puesto número veinte entre las mejores formas de conseguir energía. Es decir, antes hay 19 opciones más viables, limpias y económicas (…) Vamos a intentar pararlas”.

Pero la presión del gobierno chino hizo que los planes cambiaran. En la primera visita a China del ex-presidente, el gobierno de Xi Jinping afirmó que si no avanzaba la obra hidroeléctrica se caería el financiamiento del Belgrano Cargas, ya que ambos créditos estaban “cruzados” por una cláusula Cross Default.

Tras la vuelta a la argentina del ex mandatario, se realizaron a las apuradas las audiencias requeridas por los grupos ambientales, en las que la mayoría de las organizaciones se manifestaron en contra de la obra, y se reactivó la construcción.

Por otro lado Gezhouba, la empresa china que construirá las represas y se transformó en la contratista extranjera más grande de Argentina, fue sancionada por el Banco Mundial, tras reconocer “mala praxis” en proyectos sobre agua, recuperación tras terremotos y gestión de las inundaciones.

La sanción, por mal desempeño en proyectos de agua y gestión de las inundaciones, cobra relevancia en Argentina si se tiene en cuenta que para la realización de la obra, es necesario inundar una gran parte del territorio que rodea el proyecto

Megaminería

La minería metálica a gran escala es una de las actividades más destructivas tanto ambiental como socialmente. Es responsable de la ocupación y militarización de territorios en todo América Latina, el desplazamiento forzoso de poblaciones y la contaminación de suelo productivo y fuentes de agua.

El Observatorio de Conflictos Mineros de América Latina registra 277 conflictos sociales abiertos en la región. La respuesta a la resistencia de los pobladores ha sido la sistemática criminalización de la protesta, la persecución y el asesinato de cientos de originarios y campesinos.

Las empresas y los financistas chinos son uno de los actores con más crecimiento de las últimas décadas y han generado enormes daños en todo el subcontinente. Un informe del Colectivo sobre Financiamiento e Inversiones Chinas, Derechos Humanos y Ambiente (CICDHA), estudió 18 proyectos de capitales Chinos en el sector minero, petrolero e hidroeléctricos. De éstos, 12 se encuentran en la región amazónica, 15 en territorios indígenas, 11 en áreas protegidas naturales y cinco en áreas declaradas patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO.

Este informe fue presentado en el marco del Examen Periódico Universal (EPU) realizado en 2019 ante el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas donde China reconoció los reclamos.

En Argentina, donde se extrae principalmente Cobre, Oro y Plata, están abiertos 28 conflictos mineros. En nuestro país, China es el segundo inversor con mayor presupuesto exploratorio asignado a proyectos de minería, con un gran crecimiento en la adquisición y fusiones de empresas ya existentes.

Empresas como China Metallurgical Corporation y Jinchuan realizan actividades exploratorias en Neuquén, Catamarca, Jujuy y Salta. En 2017 Shandong Gold compró el 50% de la mina Veladero a Barrick Gold en San Juan, reactivando una mina que debió cesar actividades luego del derrame de agua cianurada con oro y plata e impulsando exploraciones en toda la zona del Cinturón de El Indio.

Devastación de la pampa azul

El Mar Argentino y la zona del Atlántico Sur es uno de los lugares con mayor pesca ilegal del planeta y con mayor concentración de barcos que operan de manera no regulada. Principalmente para la captura de calamares gigantes y merluza. Esta pesca no está registrada, no posee observadores ni respeta la temporada de pesca, tampoco acata regulaciones sobre tamaños, especies y métodos no destructivos.

Este año, se capturaron tres buques que se encontraban pescando ilegalmente dentro de la Zona Económica Exclusiva argentina, dos de ellos pertenecientes a empresas chinas. Sin embargo, son la minoría los buques que ingresan al territorio argentino, la mayoría explota la zona justo a fuera del límite de la plataforma continental.

Esta región del Atlántico sur es de las pocas en el mundo que no está regida por ninguna Organización Regional de Ordenación Pesqueras (OROP), organismos intergubernamentales que establecen medidas de conservación y administración en zonas de altamar.

Esto implica la extracción de un millón de toneladas anuales de recursos pesqueros por parte de buques extranjeros subsidiados (chinos, españoles, taiwaneses, etc.) con o sin licencia ilegal británica. No sólo implica la explotación desmedida de nuestros recursos sino también pérdidas anuales aproximadas de unos 2 mil millones de dólares en alimento, equivalentes a 14 mil millones de dólares en su forma de producto final y unos 50 mil puestos de trabajo.

Y la situación para la Argentina va camino a empeorar. Según el Dr. César Augusto Lerena,  Experto en Atlántico Sur y Pesca, ex Secretario de Estado, “un puerto chino, próximo a inaugurarse en Uruguay, le facilitará la logística a los buques de ese país que capturan en la Zona Económica Exclusiva Argentina y fuera de ella en forma ilegal, y el acceso a la Zona Común de Pesca de Argentina-Uruguay a los buques chinos. Léase: el Atlántico Sur estará en manos de los chinos. Se profundizará la sobreexplotación del recurso y la contaminación ambiental, por la instalación del citado puerto en el Río de la Plata y por la falta de estudios ambientales previos de las licitaciones offshore petroleras de Argentina y las exploraciones que igualmente el Reino Unido realiza en las aguas ocupadas de Argentina”

Las intenciones y la realidad

El Estado Chino ha publicado innumerables lineamientos destinados a sus bancos y empresas en el extranjero con el fin de evitar y mitigar los impactos sociales y ambientales.  Sin embargo, hasta ahora ninguno de éstos han sido vinculante ni presenta límites concretos al accionar de las empresas, han quedado en la esfera de “recomendaciones”.

En la otra cara de la moneda, los gobiernos de los países receptores han privilegiado la llegada de las inversiones a cualquier costo, sin poner límites reales a la voracidad del extractivismo. El caso de las mega granjas porcinas en Argentina es un buen ejemplo del rol de la movilización social en empujar a los Estados a poner estos temas en la mesa de negociación. Se logró que se posponga el acuerdo para pedir que incluya cláusulas de protección medioambiental. Que probablemente sean también meras buenas intenciones.

Está claro que las inversiones chinas no son las únicas contaminantes en nuestra región, ni mucho menos. Sin embargo, es importante señalar que así como la primarización de la producción traslada el trabajo a los países centrales, las inversiones de las potencias como China en nuestra región trasladan costos ambientales de la producción primaria a nuestros territorios.

Datos a tener en cuenta a la hora de analizar los costos de las relaciones con China, que no se reduce al déficit comercial, la reprimarización, o la dependencia, sino que también alimenta una crisis ecológica, que es cada vez es más cercana y evidente.

*Miembros del Observatorio de Actividad de los capitales chinos en Argentina y América Latina.

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