Es la Soberanía, y es ahora

Por Germán Mangione

Algunos conceptos políticos tienen su momento, como transversalidad o globalización. Otros en cambio tienen vigencia más allá de las coyunturas. Y la diferencia radica en su capacidad para definir los ambientes políticos, las mecánicas de desarrollo de los vínculos entre los diferentes actores de la sociedad, sus relaciones de poder, etc.

El caso del concepto de soberanía se encuadra, según entiende quien escribe, entre los segundos, los de vigencia permanente, pero con la particularidad de que los apologetas de cierta modernidad política superficial han intentado anclarlo en la historia, como un debate del pasado.

«Atrasan 100 años», dice un comentaristas de redes sociales ante el reclamo de soberanía.

Sin embargo, la soberanía, terca y con la prepotencia de su propio peso, resurge en cada debate profundo, en cada discusión política que intenta pensar los destinos sociales más allá del momento, de la coyuntura social o del mero análisis de personajes.

Según estas ideas que quieren imponer la arcaicidad de discutir temas desde un enfoque soberano, el mundo ha cambiado y hoy tal cosa no tiene demasiado sentido pues dicen, no hay ya discusiones sobre los derechos de las naciones y sus pueblos a definir sus destinos y el de sus recursos como la de antaño, sino que en un mundo globalizado e interrelacionado los debates políticos son otros.

Tendríamos que pensar acá, detenernos un poco a consensuar, de qué hablamos cuando hablamos de soberanía, y más específicamente que significa esta idea para pensar una nación.

Y explicado sencilla y coloquialmente la soberanía nacional es sencillamente, ejercer el poder de decisión sobre las políticas a llevar adelante en un país, teniendo el control de los recursos que ese país y su pueblo producen. Decidir, es la palabra clave.

Es cierto, hay que reconocerlo, que durante mucho tiempo los ideólogos de la globalización lograron imponer la idea de que el debate desde la lógica de los intereses nacionales ya no tenía mucho sentido. Sin embargo, la realidad siempre es más potente que las ideas, y se impone implacable en el andar de la historia.

En un par de años, desde el inicio de la pandemia primero y la invasión rusa a Ucrania con la consiguiente crisis inflacionaria mundial de los alimentos, pusieron sobre la mesa, sin eufemismos, la necesidad de contar los porotos propios.

¿Con que recursos contamos para enfrentar y resolver las necesidades que imponen la crisis sanitaria o la crisis alimentaria? ¿Quiénes deciden qué hacemos con lo que tenemos?

ES EL IMPERIALISMO

La llegada del COVID 19, con el cierre de fronteras y la preocupación por el estado de los sistemas sanitarios y de desarrollo sanitario de capa país rompió, a poco de andar, la idea de que el mundo está compuesto por países sin fronteras ni intereses propios, que intercambian libre y justamente lo que cada uno necesita.

Los países centrales concentraron las vacunas y los recursos económicos y brindaron sus avances técnicos a cambio de prebendas económicas en otros ámbitos. El viejo Vladimir Lenin volvió  a asomar su rostro adusto para decir: se los dije.

Como hizo a comienzos de siglo pasado cuando advirtió que esta etapa del capitalismo tenía como esencia el imperialismo. Nada de andar creyendo eso de un club de naciones amigas en igualdad de condiciones. Países imperialistas y países oprimidos, así funciona la cosa desde entonces y cada tanto la realidad nos lo recuerda crudamente.

Los países oprimidos como la Argentina intentaron fortalecer con lo que tuvieran a mano sus sistemas sanitarios y después reordenar un poco su economía para asistir a sus ciudadanos y ciudadanas tras las consecuencias económicas del encierro.

Y ahí reapareció, casi sin que lo llamen, el concepto de soberanía. La disputa por las vacunas puso de manifiesto la necesidad de contar con recursos y desarrollos propios.

¿Quién maneja el sistema científico en el país? ¿Al servicio de qué desarrollos están los miles de científicos y científicas que formamos con dineros públicos? ¿Quién maneja los laboratorios y el sistema de producción de medicamentos?

En el caso de los recursos económicos para enfrentar el freno abrupto de la actividad económica no fue muy distinto al de las vacunas. Quedó en evidencia la necesidad de reformas fiscales que redistribuyan las ganancias concentradas (impuesto a las grandes fortunas) de aquellos que siguieron ganando, e incluso ganaron más que sin que existiera una pandemia, pero también hizo su aparición un debate más profundo: la falta de control del Estado de las palancas clave de la economía cuando su pueblo lo necesita.

Mientras las comunidades del gran Rosario se debatían entre la caída de la actividad y la búsqueda de recursos sanitarios en sistemas totalmente colapsados, en la misma región las grandes agroexportadoras que comercian la producción agraria monopolizada por grandes terratenientes comenzaban a tener números records por encima de los que tuvieron en los últimos 20 años. Los trabajadores que envían al exterior la producción fueron declarados esenciales y siguieron trabajando como si la pandemia no existiese en esas zonas de frontera que son los puertos sobre el Paraná.

De nuevo se imponía la discusión sobre quién maneja nuestra producción y nuestro comercio exterior, ¿Qué poder de definición tiene la argentina sobre eso? ¿Es lícito que la actividad económica que produce 3 de cada 4  dólares que entra al país esté en manos de unos pocos dueños de la tierra y de empresas en su mayoría extranjera para su comercialización? ¿No debe, aunque sea participar el Estado en una porción para poder definir algo?  La esencia del debate sobre la posible estatización de Vicentin, tuvo ese espíritu, y fue posible (por lo menos debatirlo, pero no concretarlo) gracias a las discusiones que abrió una crisis sanitaria y económica inaudita en la modernidad.

ES LA COMIDA

Por eso a muchos nos queda una sensación amarga tras el retroceso del gobierno de Alberto Fernández en la idea de recuperar aunque sea una porción de nuestro comercio exterior para disponer de los recursos necesarios para enfrentar lo que pasó y lo que viene.

Porque lo que viene es aún peor. En la actualidad la inflación y sobre todo el precio de los combustibles y los alimentos también tensiona la misma idea. La de poder decidir.

Mientras en Argentina avanzan las cifras facturación de cosechas record, con precios internacionales inauditos (mayor facturación en 20 años es uno de los títulos más repetidos en todos los últimos recuentos de exportaciones de cada mes del año por los especialistas de la agroindustria), paralelamente crecen las cifras de la pobreza con una inflación galopante que van quitando del plato de cada vez más argentinos y argentinas los alimentos necesarios para no ser pobre o indigente.

Pero esto no es un problema argentino. O por lo menos no lo es exclusivamente. EEUU y Europa enfrentan números inflacionarios, mucho menores que argentina, pero crecientes. Números que llevaron al diario inglés The Economist a titular “La catástrofe alimentaria que se avecina” y al gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, quien advirtió sobre aumentos “apocalípticos” de los precios de los alimentos a nivel mundial y reconoció que está “indefenso” ante el aumento de la inflación a medida que la economía del país se ve golpeada por la guerra en Ucrania.

Según refleja una encuesta entre más de 2.000 británicos, una de cada cuatro personas se salta las comidas por las preocupaciones sobre el aumento del costo de vida. Otras piden dinero prestado o han dejado salidas para llegar a fin de mes. Un gran número de personas también han apagado la calefacción para reducir las facturas de energía.

La invasión rusa a Ucrania, que por un lado también noqueó a la idea de que las naciones no defienden sus propios intereses a como dé lugar, incluso con una invasión al mejor estilo del siglo pasado, por otro lado esta tensionando la economía mundial aumentando los dos recursos claves para la sobrevivencia humana: la comida y la energía.

ES AHORA

La soberanía es un concepto vigente y necesario para pensar el futuro. No solo para pensarlo, sino que va demostrando la urgencia de hacerlo. Es ahora. Y es ahora, porque ante la magnitud de los sufrimientos que este mundo nos promete, y en el lugar que nos tienen reservado como ciudadanos de un país oprimido, puede ser ahora o nunca.

Por eso surgen a lo largo y ancho del país movimientos en defensa de lo nuestro, en defensa del Paraná para que no vuelva a ser entregado a manos extranjeras como los últimos 25 años beneficiando a unos pocos monopolios y quitándoles ese recurso a los y las argentinos y argentinas. O la pelea por el litio y su producción nacional, por el ambiente y su defensa contra los que lo destruyen en beneficio propio como en el tema petróleo en Mar del Plata o en la quema de los Humedales del delta del Paraná.

Por eso miles se movilizan en cada plaza y en cada ciudad del país para rechazar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. ¿Existe alguna perdida mayor de soberanía para una nación que tener que acordar con un organismo financiero internacional dirigido por las grandes potencias cada acción a llevar adelante y cada decisión política importante a tomar sobre el rumbo del país? ¿Qué puede ser mayor muestra de pérdida de soberanía que tener que privilegiar al pago de una deuda cuyo origen beneficio solo a unos pocos, en vez de utilizar esos recursos para el desarrollo y para cubrir las necesidades de las mayorías? La memoria colectiva no es zonza y tiene fresco que ningún proyecto soberano es posible con el gendarme del mundo sentado en la vereda de casa decidiendo por nosotros y nosotras.

Resurge en este marco la necesidad de tomar decisiones propias que a lo largo de nuestra historia han demostrado acercarnos algunos pasos hacia un proyecto de felicidad colectiva. Recomponer la industria nacional para fabricar nuestras cosas, para recuperar el tejido social pedido que nos contenga, pero sobre todo para recuperar el trabajo en manos propias hoy entregado a las grandes potencias a las que les compramos como hace 100 años las manufacturas mientras nos “especializamos” en extraer materias primas.

Pero para eso hace falta….si, soberanía. La pelea por la soberanía como guía rectora no solo no es un debate del pasado, sino que se transforma en el debate indispensable para orientar y alcanzar un futuro promisorio.

Poder definir hacia donde van las rentas y la producción que realizamos, para que plan, para que camino, para que rumbo orientamos este barco en el que estamos, es la pieza basal de cualquier sueño de país que incluya a las mayorías. Y ya no alcanza con discutir como distribuimos lo poco que nos dejan discutir.

Es necesario tener soberanía sobre como protegemos el mercado interno, como impulsamos una política orientada a la industrialización que permita recuperar los puestos de trabajo perdidos, y como al fin y al cabo, decidimos sobre nuestro futuro y dejan de decidir los mismos de siempre.

Y es por eso que además el concepto de soberanía tiene una potencia que muchos otros conceptos que tanto queremos, como justicia o libertad, han perdido en manos de la usurpación de las minorías y sus propuestas políticas que las utilizan para sus propios fines. Porque la soberanía implica todo esto que venimos diciendo y, por tanto, les es muy costoso el proceso de vaciamiento de sentido para su apropiación.

Es con soberanía, y es ahora.

Por el Paraná, hasta Malvinas

Por Germán Mangione*

A 40 años de la guerra por la recuperación de nuestras  Islas Malvinas e islas del Atlántico sur, la disputa por el control de nuestro río Paraná vuelve a poner  al rojo vivo los conceptos de soberanía y colonialismo.


El río Paraná  es el sexto río de llanura más importante del mundo, y junto a la cuenca del Plata ocupan el área más poblada e industrializada de sudamérica, y es este mismo río Paraná la puerta de entrada y salida a los principales centros económicos de todo el subcontinente.

Su importancia fue el plafón para que en la historia estas aguas sean el teatro de operaciones de las invasiones coloniales portuguesas, francesas, inglesas y españolas, así como de las luchas por la independencia y la soberanía económica y política de nuestros pueblos y sus nacientes estados nacionales.

Estas disputas en nuestro río cuentan con capítulos memorables y fundamentales de la conformación de nuestra identidad nacional, como la Batalla de Obligado y la de Punta Quebracho, o el Combate de San Lorenzo, donde los ejércitos patrios enfrentaron, y vencieron, a los imperios más poderosos del mundo.

Es esa misma privilegiada naturaleza de nuestro río la que transformó al cordón industrial del Gran Rosario en la base del segundo complejo agroexportador más grande del mundo, que en 2021 solo fue apenas superado por el complejo ubicado en New Orleans, Estados Unidos, y que genera y transporta innumerables riquezas.

Pero como en Malvinas, esas riquezas y ventajas naturales que posee y nos regala este maravilloso río marrón, hoy están en manos extranjeras, transformando grandes porciones de nuestros territorios en verdaderos enclaves coloniales que drenan nuestras riquezas hacia las metrópolis imperiales, llevándose con ellas nuestros sueños de prosperidad y desarrollo.

Hoy cuando estamos en las vísperas de conmemorar los 40 años de la gesta de Malvinas donde muchos de nuestros compatriotas y hermanos dejaron la vida, vemos con gran tristeza cómo, lejos de proyectar la recuperación de lo nuestro, se siguen entregando nuestros recursos, y con ellos nuestras oportunidades de ser felices y prósperos como país.

Y está claro que enfrente siempre hubo, hay y habrá enemigos poderosos, que harán todo lo que esté a su alcance para seguir usufructuando lo nuestro en su provecho.  Y es por eso que, más allá de los reclamos diplomáticos, la OTAN e Inglaterra no han cedido un centímetro en su política de ocupación colonial en nuestro Atlántico Sur.

Las empresas multinacionales de EEUU, China o Europa, como Cargill, Bunge, ADM, Dreyfus, o Cofco (por nombrar las principales) no pretenden ceder en el control de nuestro comercio exterior, y siguen determinando las definiciones de las políticas económicas vinculadas a la agroexportación y el control de la navegación del Paraná.

Pero ya sabemos cómo es el imperialismo y el colonialismo, a nadie puede sorprender. Lo preocupante son los socios locales de este saqueo, que disfrazando los intereses coloniales como si fuesen los de las mayorías actúan de voceros de las potencias y sus intereses por estos lares.

Así como gran parte del macrismo en su momento, incluido el mismo Mauricio Macri, despreciaron cualquier reclamo sobre la cuestión Malvinas, y se cansaron de pisotear nuestras ansias soberanas, hoy asistimos a un triste devenir de funcionarios y opinólogos que en acuerdo con los voceros de las empresas multinacionales como la Bolsa de Comercio de Rosario, repiten una y otra vez el verso de que la entrega de la concesión y el control del Paraná nuevamente a manos extranjeras, continuando con el derrotero de los últimos 25 años, es un “buen negocio” para todos y todas los que habitamos este maravilloso  suelo.

Estamos ante una oportunidad histórica de marcar un nuevo rumbo en la construcción de nuestra soberanía. Derogando el decreto 949/20, recuperando el control del Paraná y de todos nuestros puertos, acercándonos un paso hacia el control de las riquezas que por allí circulan y hoy nos son completamente ajenas, como las riquezas que Inglaterra explota en el atlántico sur a fuerza de ocupación militar.

Y en el caso del Paraná tenemos la oportunidad de hacerlo incluso casi sin inversión económica, con el pronto vencimiento de la concesión de los puertos y la ya terminada licitación de los trabajos de dragado y balizamiento.

¿Te imaginas? Recuperar una de nuestras mayores riquezas hoy en manos de las potencias con la derogación de un decreto y voluntad política. Parece tan cercano y realizable, como inentendible la negativa de los funcionarios a llevarlo adelante.

Retomando el control del río y poniendo en funcionamiento el control para evitar el contrabando que hoy reina en nuestro comercio exterior, sumado a la recuperación de nuestra flota y nuestra industria naval, nos permitiría además el caudal de fondos necesarios para dar empuje a las reformas que den impulso al crecimiento del empleo y el desarrollo económico independiente que tanto necesitamos. Sin apelar a deudas, ni organismos internacionales como el FMI que hoy intentan imponer un cogobierno en la Argentina a través de los acuerdos recientemente firmados por el gobierno.

Recuperando el control sobre el Paraná tendríamos la oportunidad de frenar también el desastre ambiental que hoy las grandes empresas y potencias que lo usufructúan ven solo como un “daño colateral”, como suelen hacer en cualquier guerra o invasión con las vidas civiles que se roban.

De paso, en paralelo, estamos dejando pasar la posibilidad de (estatización mediante) recuperar un pedacito de nuestro comercio exterior con el caso de la estafa de Vicentín, de la que ni el gobierno nacional ni el provincial parecen acordarse, y del que será su mayor beneficiario nada más ni nada menos que la empresa inglesa/suiza Glencore (ahora Viterra), socia de la estafa de los Padoan/Nardello/Macri, que espera sentada la consumación del robo a los productores y al Banco Nación para quedarse con los activos que le interesan a la vera de nuestro río.

Es la geopolítica, estúpido.

Por otro lado, además de las posibilidades económicas que hoy se nos truncan tanto el Paraná como el Atlántico Sur mediante enclaves coloniales, hay que puntualizar el peligro geopolítico que hoy enfrenta nuestra nación.

El retraso (que huele más a cancelación) del desarrollo del Canal Magdalena que permite unir nuestra cuenca del Plata con nuestra costa atlántica, Tierra del Fuego, la Antártida y nuestras Islas del Atlántico Sur, sin depender del permiso de Montevideo y las potencias allí asentadas, nos impide desarrollar una política marítima y costera integral y nacional.

El Paraná y las Malvinas son parte de una misma lucha de nuestro pueblo. No solo por el factor histórico como explica Carlos del Frade “la ocupación de Malvinas fue el prólogo de la llamada Guerra del Paraná en pos del control imperial de puertos y riquezas producidas desde el interior de la Patria Grande. Hoy, entregar el Paraná es también renunciar a Malvinas.“

Sino principalmente por nuestro presente y sobre todo nuestro futuro y el de nuestros hijos e hijas.

Con Malvinas aprendimos muchas cosas. Aprendimos que el imperialismo es capaz de cualquier cosa para mantener sus privilegios e intereses, más allá de lo injustos que sean. Aprendimos también que nuestro pueblo se une en las peleas por las causas justas, a pesar muchas veces de que lo conduzcan inmorales como los que llevaban adelante la sangrienta dictadura, y con motivos e intereses propios,  ajenos a los de las grandes mayorías.

Por eso nos seguimos uniendo, y nacen iniciativas como la gran Marcha Federal por la Soberanía que se está gestando para recorrer nuestro país aunando las cientos de voces que se levantan por una patria libre justa y soberana.

Y aprendimos también la importancia de la paz y la democracia.

Pero de la pelea por recuperar el Paraná aprendimos que no es posible la paz ni una verdadera democracia si  no somos capaces de administrar y decidir sobre lo nuestro, de tener soberanía sobre nuestros recursos y riquezas.

Por eso en estos 40 años de Malvinas seguimos convencidos de que la lucha por recuperar la soberanía sobre nuestros territorios y recursos es posible, pero sobre todo es necesaria para un verdadero futuro de paz, democracia y desarrollo.

Vamos por el Paraná, hasta llegar a Malvinas.

*Editor de Revista Lanzallamas y miembro del Foro por la Recuperación del Paraná.

Rosario: ¿De cuna de la bandera a capital de la entrega?

Por Germán Mangione

Ayer en Rosario funcionarios nacionales y provinciales se reunieron con las principales entidades del empresariado agrario e industrial de la provincia de Santa Fe para “dar explicaciones” sobre el rumbo que tomarán las negociaciones por la nueva concesión del Paraná. Pocas veces se ve tan claro el andamiaje de subordinación de la política al poder real como en la foto, y los dichos, que quedaron del encuentro

Cuna de la bandera

La ciudad de Rosario ha sido en nuestra historia protagonista de grandes capítulos en la construcción de nuestra soberanía y en la creación del cuerpo fundamental de las ideas de la nación.

El 27 de febrero de 1812,  cuando Manuel Belgrano inauguró en las costas de la actual ciudad de Rosario una nueva batería, a la que llamó Independencia, formó a sus tropas frente a una bandera que había cosido doña María Catalina Echeverría, una vecina de Rosario.

Belgrano ordenó a sus oficiales y soldados jurarle fidelidad diciendo «Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad.».

La respuesta que obtuvo desde el primer triunvirato asentado en Buenos Aires fue el pedido de “reparación de tamaño desorden (la jura de la bandera)”. El Triunvirato, y sobre todo su secretario, Bernardino Rivadavia, estaba preocupado en no disgustar a Gran Bretaña, ahora aliada de España con ideas sobre independencia y soberanía.

¿Capital de la entrega?

Hoy, 210 años después, Rosario vuelve a ser protagonista del destino del país y es acá donde se desarrolla una nueva batalla por la orientación de nuestros destinos como nación, una similar a la de aquellos años,  que opone dos conceptos y dos intereses contrarios: patria o colonia.

El protagonismo de nuestra región tiene, como en aquel momento, un fundamento económico. Es aquí, en la zona, donde se asientan los principales puertos y empresas multinacionales que hoy tienen en su poder la porción del comercio exterior más importante del país. Por los puertos del gran Rosario, llamados del Up River, sale el 80% de la producción agroindustrial argentina que representa más de la mitad de todo lo que exporta el país.

Y es sobre esa base que cimentan su poder e intentan a través de sus órganos e instituciones orientar las políticas del país hacia sus propios intereses.

Pocas veces en la historia reciente asistimos a actos de coloniaje tan claros como los que estamos viviendo en el marco de la discusión del destino de la administración y control de nuestro río Paraná.

Sin ningún velo (o ya con muy pocos) de soberanía política funcionarios nacionales y provinciales se desvelan por ver quien se muestra más disciplinado, quien es el alumno más aplicado, de los designios de las oligarquías locales y sus socios extranjeros.

“Lo felicito. Estuvo muy bien. Dijo lo que tenía que decir y tiene todo nuestro apoyo”, aseguran los medios locales que le dijo el presidente de la Bolsa de Comercio de Rosario, Miguel Simioni, al ministro de Producción de Santa Fe, Daniel Costamagna, mientras se retiraba de la reunión que ayer tuvieron empresarios y funcionarios provinciales con los funcionarios nacionales a cargo del flamante Ente de Gestión y Control de la Hidrovía.

La felicitación tenía que ver con que el ministro hizo propia la postura y los reclamos de los hombres de la Bolsa de Comercio rechazando la posibilidad de que el estado reduzca el diferencial de retenciones que pagan hoy las aceiteras multinacionales agroexportadoras y que les permite embolsar millones de dólares mensuales. Un subsidio que hoy hacen indirectamente los productores a las empresas que procesan la soja.

Postura que por otra parte esta semana compartió el mismo gobernador Omar Perotti en sus redes sociales.

Pero eso no es todo. El episodio además se da en el marco de una reunión que deja cada vez más al descubierto una cuestión mucho más lacerante de la soberanía nacional, la posible nueva entrega de nuestro río Paraná a manos privadas y extranjeras, como piden los sectores agroexportadores y de la gran producción agraria agrupados en la Bolsa de Comercio de Rosario.

Y se da en Rosario porque es el lugar elegido para ser la sede del Ente Nacional de Control y Gestión de la Vía Navegable, presidido por Ariel Sujarchuk, que será el encargado de elaborar y lanzar el pliego para la licitación larga de la Hidrovía, que se espera esté listo hacia fin de este año

La reunión de ayer, en la que el ministro Costamagna fue palmeado por el poder real de la provincia, tenía como objetivo que los funcionarios del nuevo ente informen sobre la marcha de las gestiones para la constitución del organismo y que de precisiones sobre cómo será la licitación que decidirá el destino del Paraná, y así de gran parte de la economía Argentina, los próximos 25 o 30 años.

Además de los funcionarios que fueron a “dar explicaciones”,· de la reunión participaron los representantes de la Bolsa de Comercio de Rosario, la Bolsa de Comercio de Santa Fe y la Federación de Industriales de Santa Fe.

Según las notas de prensa Ariel Sujarchuk presidente del Ente “se mostró abierto al diálogo prometiendo estar bien cerca de los intereses de todos los actores”

Ante esto nos preguntamos: ¿Se puede estar bien cerca de los intereses de actores como los que representa la Bolsa de Comercio de Rosario y Santa Fe y a la vez estar cerca de los intereses de la patria y de las grandes mayorías?

En la misma semana que ante el mínimo intento del Gobierno Nacional de capturar, con un cambio impositivo, parte de las ganancias extraordinarias y con récord históricos que están teniendo (y que van a ir teniendo en aumento por la situación mundial) estos sectores, son las mismas entidades las que se niegan rotundamente y amenazan con hacer peligrar la estabilidad laboral en el polo aceitero más grande del mundo ubicado en la zona.

En la misma semana que el gobierno plantea la necesidad de ponerle freno a la inflación, que va sumiendo a millones de argentinos y argentinas bajo la línea de la pobreza cuando no de la indigencia, desacoplando los precios internacionales de los del consumo interno para que las ganancias de esos monopolios exportadores no sea lo único que importe a la hora de ponerle precio al plato de comida local.

En la misma semana los funcionarios nacionales y provinciales hablan de estar cerca de “todos los intereses”.

Es hora de que estén cerca de los intereses de las mayorías, que en temas como las retenciones o la concesión del Paraná, son contrapuestos con los de las entidades que representan a los terratenientes y los agroexportadores.

No alcanza con que la sede “del debate” del destino del Paraná, y de nuestra soberanía sea Rosario, o que las oficinas estén acá y no en Buenos Aires, si el camino elegido va a ser la entrega. O se está con los intereses de la patria y de las mayorías o se está con los intereses de las minorías y los de afuera.

Porque si siguen el camino que vienen transitando solo estarán transformando a la cuna de la bandera en la capital de la entrega.

Y si esto sucede nosotros, los que sentimos la patria bien adentro, los que entendemos que lo principal son los intereses de las mayorías y que vemos en nuestra zona con indignación como las cosechas récord y ganancias récord de unos pocos conviven con la pobreza y la desocupación récord, seguiremos organizándonos y luchando para transformar a Rosario y todo Santa Fe en la capital de la lucha por la recuperación de nuestra soberanía.

Porque como escribió Bernardo de Monteagudo, secretario de San Martín y pluma de la Revolución de Mayo: “sería un insulto a la dignidad del pueblo americano, el probar que debemos ser independientes: este es un principio sancionado por la naturaleza, y reconocido solemnemente por el gen consejo de las naciones imparciales. El único problema que ahora se ventila es, si convenga declararnos independientes, es decir, si convenga declarar que estamos en la justa posesión de nuestros derechos. Antes de todo es preciso suponer, que esta declaración sea cual fuese el modo y las circunstancias en que se haga, jamás puede ser contraria a derecho, porque no hace sino expresar el mismo en que se funda” Mártir o Libre, domingo 29 de marzo de 1812.

*Germán Mangione: Editor de revista Lanzallamas y miembro del Foro por la Recuperación del Paraná

Foto: Rosario3.com